¡Ya están aquí! ¡Ya se acercan! ¡Las elecciones europeas!
¡La fiesta de la democracia!
Y es tan festiva, estoy tan lleno de gozo, que los medios de todo tipo y pelaje llevan ya un tiempecito recordándome la importancia de Europa y lo bien que me ha venido pasar de ser... digamos un aldeano, a ser ¡Europeo!. (Que, ahora que lo pienso... ¿antes de entrar en la c.e.e... ¿que se supone que era? ¿Asiático?)
Y no desperdician un momento para enseñarme como yo, con mi voto, tengo la fuerza y el poder necesarios para (casi) cambiar el mundo, y si no el mundo, al menos Europa, que es un trozo de dicho mundo nada despreciable.
Entonces, henchido de auto estima, con el convencimiento que otorga el saberse poderoso (¡puedo cambiar el rumbo de Europa!) me pongo a escudriñar el panorama político, a la caza de esa opción, de ese discurso que concuerda con mis ideales, con el rumbo que quiero darle a Europa. Lleno de determinación, me hago con la propaganda electoral y... y...
...me encuentro con que unos me dicen que los otros son malos, muy malos, que son como el demonio pero "tuneado" para que no se les vean los cuernos y la cola (por que el tridente lo dejan en el coche). Los otros me dicen que ¡No! ¡Que ellos que van a ser malos! Que, de hecho, tienen la solución a la crisis (se ve que ya lo han hecho antes) lo que pasa es que, en vez de decir la bendita solución y acabar con este lío, están esperando a ver si ganan las elecciones para decir lo que se tiene que hacer. (Supongo que los micros, en Europa, son mejores).
Tras estos dos, megamonstruos ambos de la política actual, hay toda una retahíla de partidos y partidillos, con más o menos peso en sus pueblos de origen, que no paran de dar saltos a ver si superan el límite de la barra, el camarero los ve, y pueden pedirse un café. Por supuesto, y para no perder la costumbre, para todos estos partidos, los dos principales son "los malos" (¿podría ser de otra manera?) y solo ellos (y sus colegas/vecinos/amigos) tienen la verdadera solución a todos los problemas que ya tenemos encima y a otros que ni siquiera hemos visto todavía (mira si son listos).
Me encuentro al fin con la política real, la de verdad. La de esos tíos con trajes que nunca tienen crisis, que nunca veré en las filas del inem. Esa política en la que el más tonto tiene un coche con el que yo, probablemente, solo podré soñar. La política de alto nivel. La de un nivel tan alto que ni me ven, de tan arriba que están.
Y entonces, como sumido en un trance, cierro los ojos, medito, y tras unos momentos de reflexión cojo aire y digo: "Nena! Este domingo nos vamos a la playa, no?"
miércoles, 3 de junio de 2009
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